lunes 29 de junio de 2009
sábado 14 de marzo de 2009
Nota del blog de Lilian Solórzano
LO MEJOR EN LA RADIO TAPATÍA, SEGÚN OCIO
Radio Universidad de Guadalajara es la estación favorita en la ciudad, mientras que Gonzalo Oliveros, de RMX, es el locutor de radio predilecto. Estos son los resultados en materia de preferencias radiofónicas que arrojó la encuesta realizada por el suplemento de Público Milenio entre sus lectores, en este y otros rubros, con motivo de su edición número 600.
En las siguientes posiciones se encuentran, en el caso de las estaciones, RMX en segundo lugar (100.3 FM), Millenium Bella Música (105.1 FM), en tercero; Éxtasis Digital (105.9 FM), en la cuarta posición, y Exa FM (101.1) en la quinta, una selección más o menos variada en cuestión de perfiles donde las grandes ausentes son las emisoras gruperas (que suelen encabezar los ratings comerciales) y las habladas, de la AM.
Esta semana Radio UdeG estrenó nueva programación y sitio en internet, y RMX lo hizo en febrero pasado, cuando llegó a su tercer aniversario.
Las preferencias en cuanto a las voces que están frente a los micrófonos se repartieron entre las de tres estaciones. Oliveros, quien encabeza la lista, conduce en el 100.3 de FM el programa Cuop d’ Etat, con Gustavo Rodríguez Reyna, de reciente estreno. Es coordinador de la cadena de estaciones RMX (Guadalajara, San Miguel y Celaya, Querétaro, Torreón y Laredo) y según dice en su perfil en el sitio de la emisora "Pasé por Radio Mil, 101, W, 101 bizarro, W Radical, el 40, el Unomasuno (...)”.
En segundo lugar aparece Alfredo Sánchez, titular de la revista cultural Señales de Humo, de Radio UdeG, y músico y columnista de Público Milenio. En la tercera posición está Enrique Blanc, también conductor y productor en esta emisora, donde actualmente conduce el programa Sospechosos Comunes, con Rodolfo “Che” Bañuelos, entre otros nuevos espacios, además de ser el coordinador de música de la red de emisoras de la UdeG, y periodista musical que publica en Ocio, las revistas Replicante, Día 7 y otras. El cuarto sitio le correspondió a Gil Flores, otro conductor egresado de las filas de la estación universitaria, y que ahora lleva el timón del programa Rutas Alternas, de Máxima FM, además de ser DJ. Finalmente, en el quinto lugar figura Israel Pérez "Peez", productor y co-conductor del programa La suerte del conejo, que se transmite por RMX, y encargado de diseño de audio en Grupo Imagen.
Haz clic sobre las siguientes imágenes, para ver lo publicado por Ocio en detalle.
Radio Universidad de Guadalajara es la estación favorita en la ciudad, mientras que Gonzalo Oliveros, de RMX, es el locutor de radio predilecto. Estos son los resultados en materia de preferencias radiofónicas que arrojó la encuesta realizada por el suplemento de Público Milenio entre sus lectores, en este y otros rubros, con motivo de su edición número 600.
En las siguientes posiciones se encuentran, en el caso de las estaciones, RMX en segundo lugar (100.3 FM), Millenium Bella Música (105.1 FM), en tercero; Éxtasis Digital (105.9 FM), en la cuarta posición, y Exa FM (101.1) en la quinta, una selección más o menos variada en cuestión de perfiles donde las grandes ausentes son las emisoras gruperas (que suelen encabezar los ratings comerciales) y las habladas, de la AM.
Esta semana Radio UdeG estrenó nueva programación y sitio en internet, y RMX lo hizo en febrero pasado, cuando llegó a su tercer aniversario.
Las preferencias en cuanto a las voces que están frente a los micrófonos se repartieron entre las de tres estaciones. Oliveros, quien encabeza la lista, conduce en el 100.3 de FM el programa Cuop d’ Etat, con Gustavo Rodríguez Reyna, de reciente estreno. Es coordinador de la cadena de estaciones RMX (Guadalajara, San Miguel y Celaya, Querétaro, Torreón y Laredo) y según dice en su perfil en el sitio de la emisora "Pasé por Radio Mil, 101, W, 101 bizarro, W Radical, el 40, el Unomasuno (...)”.
En segundo lugar aparece Alfredo Sánchez, titular de la revista cultural Señales de Humo, de Radio UdeG, y músico y columnista de Público Milenio. En la tercera posición está Enrique Blanc, también conductor y productor en esta emisora, donde actualmente conduce el programa Sospechosos Comunes, con Rodolfo “Che” Bañuelos, entre otros nuevos espacios, además de ser el coordinador de música de la red de emisoras de la UdeG, y periodista musical que publica en Ocio, las revistas Replicante, Día 7 y otras. El cuarto sitio le correspondió a Gil Flores, otro conductor egresado de las filas de la estación universitaria, y que ahora lleva el timón del programa Rutas Alternas, de Máxima FM, además de ser DJ. Finalmente, en el quinto lugar figura Israel Pérez "Peez", productor y co-conductor del programa La suerte del conejo, que se transmite por RMX, y encargado de diseño de audio en Grupo Imagen.
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martes 10 de febrero de 2009
VIÑETAS PARA JULIO
Alfredo, Pedro, Julio, Andrés y Óscar, EL PERSONALInicio contando una anécdota personal –nunca mejor aplicado el término- que me tuvo helado durante días. En diciembre conocí a Moramay, una fotógrafa que estaba de visita en Guadalajara. Me convidó a participar de su proyecto fotográfico: retratos de músicos en cementerios. Me mostró algunos ejemplos: Jaime López, Francisco Barrios “el mastuerzo” y varios más. Quedamos de vernos el domingo siguiente, por la mañana, en el panteón de Mezquitán y a la cita también acudieron José Fors y Armando Chong, a quienes Moramay convenció de su ocurrencia. Nos tomó varias fotos en distintos lugares del cementerio y, una vez cumplida la misión, decidimos partir por la salida de la calle José María Vigil. Al caminar hacia allá vimos unos pequeños nichos que nos llamaron la atención y nos acercamos a ellos. La fotógrafa nos pidió que posáramos ahí para hacer una última imagen. Después José, Armando y yo volteamos hacia los nichos y nos encontramos con la inscripción en uno de ellos: “Julio Haro, Julio 5 de 1955 - Enero 4 de 1992”. No lo podíamos creer, era como si Julio hubiera conducido nuestros pasos hasta ahí, como si nos hubiera dicho –y me imagino hasta la inflexión de su voz- “aquí estoy, muchachos”.
Julio nació en San Luis Río Colorado, Sonora, pero desarrolló en Guadalajara, de manera un tanto anárquica, sus múltiples talentos artísticos. Escribía obras de teatro, hacía dibujos con tinta china acerca de objetos y escenas cotidianas, realizó memorables programas de radio, escribía hilarantes textos –entre otros las célebres aventuras de Gay Lusac, el terror de los bugas proclives en la recordada revista Galimatías- y fundó el grupo musical El Personal para el que escribió algunas de las mejores letras de que se tenga memoria en la música nacional –La Tapatía, No me hallo, Niño déjese ahí, Nosotros somos los Marranos, Dale de comer al conejito, entre otras joyas-. Todo ello marcado por un irreverente sentido del humor totalmente antisolemne.
Confieso que, aunque fui amigo de Julio, no sabía donde estaban sus restos. O tal vez algún día lo supe y lo olvidé. Recuerdo haber ido con mi hermano Carlos a su velorio luego del intento fallido de visitarlo en su cama de hospital aquel 4 de enero de 1992. Cuando llegamos a preguntar por él nos informaron que acababa de morir. Y aunque fuimos al velorio ya no seguimos a su familia hacia el cementerio. Tenía sida, como se le decía entonces de manera muy simple a esa terrible enfermedad, y su salud se deterioraba cada vez más. Sin embargo, Julio no perdía el sentido del humor. En 1996, el suplemento Armario del diario El Occidental estuvo dedicado a Julio Haro y ahí dos de sus mejores amigas, Diana Solórzano y Meche Cárdenas, relataban una anécdota que lo pinta de cuerpo entero:
“…tenía cinco meses en cama a causa de la enfermedad, sin salir para nada. Nos pidió que lo sacáramos y cuando estábamos a punto de salir, echó un grito : ¡Yo sin maquillaje! ¡No puedo salir así, sin maquillaje!...”
Recordar hoy a Julio Haro, a 16 años de su muerte es, ni modo, una traición. Ya en su canción Rumba sin rumbo dejaba una especie de última voluntad que ni yo ni otros hemos podido cumplir: la de olvidarnos de él y evitar los homenajes y las apologías:
…Cuando yo me muera, yo no quiero un homenaje
Y que no se diga nada más de mi
Y que nadie diga que ¡Ay qué bueno fui!
¡Lo que quiero es que se olviden de mi..!
Aunque sospecho que en el fondo Julio estaría complacido de que nos acordáramos de él.
martes 30 de diciembre de 2008
Artista de la tela y la cocina
Julio Mangiameli, Cecilia Fernández, Gabriel y yo Gabriel Canales

Gabriel Canales estudió odontología por darle gusto a su padre quien, como sucede con frecuencia, no creía mucho en las vocaciones artísticas. La practicaba en su consultorio de avenida Niño Obrero –a donde yo mismo llegué a ir a atenderme de algún problema dental- y lo hacía bien pero sospecho que sin mucha convicción. En realidad pensaba en el cine, el teatro y las artes en general. Tenía amigos relacionados con esos medios y hasta él mismo emprendió, en los años en que lo conocí, la dirección de una adaptación teatral de un cuento de Elena Poniatowska donde actuó nuestro amigo común Julio Haro en el Teatro Alarife. No recuerdo los detalles de nuestro primer encuentro, pero supongo que fue cuando yo hacía un programa de radio en la XEJB. Le gustaba el cine y solía hablar con gusto de las películas que lo entusiasmaban. También le gustaba la cocina. Un día entró a un concurso de repostería y se ganó un viaje a Francia como premio. Ese fue un gran cambio en su vida: dejó para siempre la odontología, se dedicó a viajar y a cocinar. En uno de sus viajes por Alemania se entusiasmó con los tapices, pero no de cualquier clase: descubrió unos pequeñitos que se tejían en bastidores minúsculos hechos con cerillos de madera y encontró su vocación, la de tejedor. Fue hace veinticinco años. Gabriel está festejando ese aniversario por estos días con la edición de un calendario para el 2009 diseñado por Felipe Covarrubias -quien también fue su galero-, en donde exhibe dos de sus pasiones: sus tapices y sus recetas de cocina. En las dos facetas hay color, forma y textura y me atrevería a decir que hasta aroma y sabor. Las dos son, por supuesto, expresiones artísticas que, en el caso de Gabriel, se complementan de maravilla. La cocina le encanta y, aunque suene redundante, le ha dado de comer por temporadas. En alguna época se hizo cargo, junto con su amiga Monique, de la cafetería de la Alianza Francesa. En otro tiempo tuvo su propio lugar, el Café Bagdad, bautizado así en honor de la famosa película del mismo nombre que dirigió Percy Adlon. Actualmente trabaja como chef preparando cenas especiales para un hotel y da clases de gastronomía en el CUCBA de la UdeG. Y en el tiempo que le queda, teje, por supuesto; exhibe sus trabajos en museos y galerías del país, pero también va con frecuencia al cine y al teatro como lo ha hecho durante muchísimos años. En su faceta de espectador hace reseñas semanales de teatro para el programa Señales de Humo en Radio Universidad, donde trata de entusiasmar al auditorio para que asista al teatro y aprecie las buenas producciones locales que se escenifican.
Gabriel es hombre de plática fácil y amena y de risa contagiosa, que siempre tiene anécdotas qué contar acerca de sus muchos viajes, especialmente por Europa, a donde se escapa cada vez que la economía se lo permite. Aprendió –con dificultad, lo confiesa- a hablar alemán y tiene una fascinación especial por los pueblos germanos a donde ha ido en ocasiones a ganarse la vida cuidando casas o atendiendo a personas mayores. Por si fuera poco también participa de manera altruista en una asociación que ayuda a personas con problemas mentales y se da tiempo para, con pretexto o sin él, invitar a sus amigos a cenar en su pequeño departamento, siempre con menús sorprendentes y deliciosos de tres y hasta cuatro tiempos. Actualmente goza del apoyo del programa de estímulos a la creación de la secretaría de cultura de Jalisco en la categoría de creadores con trayectoria, una trayectoria que, como escribí antes, abarca ya un cuarto de siglo. Hace años Gabriel obligaba a sus pacientes a abrir la boca para extraer muelas o tapar picaduras. Hoy a los espectadores de sus tapices y a sus comensales nos mantiene con la boca abierta por la maestría de su arte, en el tejido y en la cocina.
lunes 17 de noviembre de 2008
DINERO
Me imagino este diálogo:
-¿En qué ciudad convendrá invertir?
-Tal vez en Guadalajara, donde hicieron los premios MTV latinos y el torneo de golf donde jugó Lorena Ochoa.
-¡Ah!, ¿no es donde tienen un gobernador borracho que les mentó la madre en público a quienes no estaban de acuerdo con él?
Me imagino este otro:
-¿En qué ciudad convendrá invertir?
-Yo creo que en Guadalajara; es una ciudad con un entorno ordenado, con seguridad para la inversión, buen transporte público, limpia, con muchos atractivos para el visitante y donde hay una armonía entre gobernantes y gobernados.
-¡Buena idea!
Tal vez no entienda yo lo que es “hacer marca” para una ciudad, pero me parece un concepto resbaladizo y con pocas posibilidades de comprobación. ¿Un torneo de golf garantiza que la ciudad adquiera un prestigio mundial que no tiene? ¿las inversiones mediáticas aseguran que se conseguirá ese prestigio? ¿es posible eso en una ciudad donde las calles están tomadas por apartalugares, donde es una proeza trasladarse de un lugar a otro ya sea en transporte público o en automóvil, donde su zona centro se percibe tan deteriorada, donde peatones y ciclistas se juegan la vida cada dos cuadras, donde las vialidades son permanentemente conflictivas, donde la calidad de vida va a la baja y el narco a la alza, etc. etc.? Podrá parecer un falso dilema la opción entre donar un millón de dólares a un torneo de golf o invertirlo en otras necesidades para la ciudad y el estado, pero creo que no lo es tanto: hay necesidades concretas, muchísimas, y la inversión para “hacer marca” es incierta, además de que el gobierno ha sido especialmente ineficiente a la hora de comunicar los supuestos beneficios de dicha inversión y los ciudadanos nos sentimos ajenos a sus decisiones unilaterales que parecen caprichosas. La impresión que muchos tenemos es que se está regalando dinero a quienes en realidad no lo necesitan y los beneficios, incrédulos que somos, los ponemos en duda. Y peor cuando vemos el tamaño de los presupuestos con los que trabajan, por ejemplo, las dependencias culturales. Los lugares del mundo que llaman a la inversión y al turismo tienen atractivos culturales y otros atributos que, por desgracia, hoy no tenemos aquí y que no aparecerán de la noche a la mañana ni en el mediano plazo, me temo, por obra y gracia de una golfista.
-¿En qué ciudad convendrá invertir?
-Tal vez en Guadalajara, donde hicieron los premios MTV latinos y el torneo de golf donde jugó Lorena Ochoa.
-¡Ah!, ¿no es donde tienen un gobernador borracho que les mentó la madre en público a quienes no estaban de acuerdo con él?
Me imagino este otro:
-¿En qué ciudad convendrá invertir?
-Yo creo que en Guadalajara; es una ciudad con un entorno ordenado, con seguridad para la inversión, buen transporte público, limpia, con muchos atractivos para el visitante y donde hay una armonía entre gobernantes y gobernados.
-¡Buena idea!
Tal vez no entienda yo lo que es “hacer marca” para una ciudad, pero me parece un concepto resbaladizo y con pocas posibilidades de comprobación. ¿Un torneo de golf garantiza que la ciudad adquiera un prestigio mundial que no tiene? ¿las inversiones mediáticas aseguran que se conseguirá ese prestigio? ¿es posible eso en una ciudad donde las calles están tomadas por apartalugares, donde es una proeza trasladarse de un lugar a otro ya sea en transporte público o en automóvil, donde su zona centro se percibe tan deteriorada, donde peatones y ciclistas se juegan la vida cada dos cuadras, donde las vialidades son permanentemente conflictivas, donde la calidad de vida va a la baja y el narco a la alza, etc. etc.? Podrá parecer un falso dilema la opción entre donar un millón de dólares a un torneo de golf o invertirlo en otras necesidades para la ciudad y el estado, pero creo que no lo es tanto: hay necesidades concretas, muchísimas, y la inversión para “hacer marca” es incierta, además de que el gobierno ha sido especialmente ineficiente a la hora de comunicar los supuestos beneficios de dicha inversión y los ciudadanos nos sentimos ajenos a sus decisiones unilaterales que parecen caprichosas. La impresión que muchos tenemos es que se está regalando dinero a quienes en realidad no lo necesitan y los beneficios, incrédulos que somos, los ponemos en duda. Y peor cuando vemos el tamaño de los presupuestos con los que trabajan, por ejemplo, las dependencias culturales. Los lugares del mundo que llaman a la inversión y al turismo tienen atractivos culturales y otros atributos que, por desgracia, hoy no tenemos aquí y que no aparecerán de la noche a la mañana ni en el mediano plazo, me temo, por obra y gracia de una golfista.
martes 11 de noviembre de 2008
DOS GACHUPINES EN MÉXICO
En estos días en que llegan a Guadalajara muchos artistas internacionales es fácil que se nos olvide que hasta hace poco tiempo nomás no aparecían. O si aparecían no siempre tenían buena fortuna con la cantidad de audiencia. Acaba de estar en la ciudad Joan Manuel Serrat, un visitante más o menos frecuente, y en los días próximos vendrá uno menos asiduo: Víctor Manuel con su esposa Ana Belén. Serrat y Víctor Manuel pertenecen a una misma generación que desde los sesenta comenzó a dar de qué hablar y a propósito de quienes tengo algunas anécdotas personales. Comienzo con el segundo. Recuerdo que, en la segunda mitad de los sesenta, unos primos fueron a España y como tenemos parentela asturiana por parte de mi abuelo materno fueron al norte y regresaron hablando de un joven compositor que era muy apreciado por esos rumbos. Se llamaba Víctor Manuel y no volví a saber de él sino hasta años después, cuando se popularizó una canción suya llamada Quiero Abrazarte Tanto cuya letra siempre me ha parecido un tanto rara (y más cuando la canta Marco Antonio Muñiz). Estando en la preparatoria un compañero me invitó la entrada a un concierto que tendría lugar en el Teatro del IMSS. Se presentaba Víctor Manuel y aunque casi no lo había escuchado pensé que sería un buen pretexto para ajustar cuentas con mis antecedentes asturianos. La primera sorpresa fue que el auditorio estaba casi vacío, acaso seríamos unas veinte personas. El artista salió visiblemente contrariado por la escasa audiencia y hasta dijo al final: si les gustó hablen de mi, a ver si la próxima vez llenamos ésto. Por supuesto que eran tiempos muy anteriores a La Puerta de Alcalá, su gran éxito. La segunda sorpresa fue lo bueno que resultó el concierto, con un compositor honesto y emotivo que cantaba de asuntos políticos y sociales sin tapujos acompañado de un grupo musical pequeño pero solvente. Siempre he pensado que esa fue la mejor época de Víctor Manuel, aunque su cuenta de banco seguramente dirá lo contrario. No creo que los veinte que asistimos en aquella ocasión hayamos influido con nuestro entusiasmo para que ahora se presente en teatros enormes, pero es un hecho que su fama y popularidad crecieron desde entonces.
Con Serrat hay otras historias: A finales de los sesenta hizo su primera gira por América Latina y mi tía Doris nos invitó a mis hermanos y a mi a verlo en el Teatro del Ferrocarrilero en el Distrito Federal. La verdad fui a regañadientes pues en esa época no había para mi otra música que no fuera el rock. No recuerdo gran cosa del concierto pero sí que compramos un disco a la salida: aquel de homenaje a Antonio Machado que gracias a mi hermana Gabriela se volvió de escucha imprescindible en la casa a partir de entonces. Desde aquel tiempo me acompañan esas canciones como parte de mi banda sonora adolescente extendida a los primeros años de la juventud con discos como el de Miguel Hernández, Mediterráneo, Para Piel de manzana y esa joya llamada 1978. A principios de los ochenta tuve la suerte de entrevistarlo en su camerino del Teatro Degollado en los minutos previos al concierto de presentación de su disco En Tránsito y, entre otras cosas, le pregunté cómo era posible que sin éxitos en la radio ni apariciones frecuentes en televisión siguiera manteniendo un público fiel y creciente. No tuvo realmente respuesta. Me dijo que él hacía aquello en lo que creía sin preocuparse demasiado por el resto. Confieso que, a diferencia de otros que nunca lo han perdido –pienso, por ejemplo, en mi amiga Gabriela Ibañez , seguramente la fan número uno en el mundo- mi fervor serratiano ha disminuido con los años, seguramente por culpa de mía; no he seguido la pista de sus grabaciones y actuaciones en vivo en los últimos años, aunque sigo reconociendo en él a un formidable letrista y muy lúcido compositor de canciones. En estos días Serrat fue invitado a Guanajuato para inaugurar el Festival Cervantino y, entre otras cosas, recordó con cariño aquella primera gira que lo trajo a nuestro país y que, al menos a mi, me permitió que sus canciones quedaran registradas en mi disco duro desde entonces.
Con Serrat hay otras historias: A finales de los sesenta hizo su primera gira por América Latina y mi tía Doris nos invitó a mis hermanos y a mi a verlo en el Teatro del Ferrocarrilero en el Distrito Federal. La verdad fui a regañadientes pues en esa época no había para mi otra música que no fuera el rock. No recuerdo gran cosa del concierto pero sí que compramos un disco a la salida: aquel de homenaje a Antonio Machado que gracias a mi hermana Gabriela se volvió de escucha imprescindible en la casa a partir de entonces. Desde aquel tiempo me acompañan esas canciones como parte de mi banda sonora adolescente extendida a los primeros años de la juventud con discos como el de Miguel Hernández, Mediterráneo, Para Piel de manzana y esa joya llamada 1978. A principios de los ochenta tuve la suerte de entrevistarlo en su camerino del Teatro Degollado en los minutos previos al concierto de presentación de su disco En Tránsito y, entre otras cosas, le pregunté cómo era posible que sin éxitos en la radio ni apariciones frecuentes en televisión siguiera manteniendo un público fiel y creciente. No tuvo realmente respuesta. Me dijo que él hacía aquello en lo que creía sin preocuparse demasiado por el resto. Confieso que, a diferencia de otros que nunca lo han perdido –pienso, por ejemplo, en mi amiga Gabriela Ibañez , seguramente la fan número uno en el mundo- mi fervor serratiano ha disminuido con los años, seguramente por culpa de mía; no he seguido la pista de sus grabaciones y actuaciones en vivo en los últimos años, aunque sigo reconociendo en él a un formidable letrista y muy lúcido compositor de canciones. En estos días Serrat fue invitado a Guanajuato para inaugurar el Festival Cervantino y, entre otras cosas, recordó con cariño aquella primera gira que lo trajo a nuestro país y que, al menos a mi, me permitió que sus canciones quedaran registradas en mi disco duro desde entonces.
martes 30 de septiembre de 2008
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