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martes 12 de julio de 2011

FACUNDO CABRAL

Recuerdo a Facundo Cabral. Aunque nunca fui precisamente su fan, siempre me llamó la atención su estilo: siempre solo con su guitarra, los larguísimos parlamentos introductorios a sus canciones, su capacidad para improvisar palabras, ideas, prácticamente sobre cualquier tema.

En una visita que hizo a Guadalajara en la década de los ochenta, llegó a La Puerta, el legendario foro cultural manejado por Sergio Ruiz. El grupo con el que yo tocaba entonces, Escalón, se presentaba habitualmente ahí, así que a Sergio se le ocurrió que abriéramos el concierto del argentino. Lo recuerdo tras bambalinas, sorprendido por las características del lugar: “así deben haber sido los bares semiclandestinos donde presentaba sus obras Bertold Brecht en Alemania”, decía entre azorado y divertido.

De su concierto recuerdo poco, lo había visto varias veces en televisión y me parece que era más o menos previsible su espectáculo. Y creo que con los años se fue haciendo más previsible en su faceta de predicador, casi siempre moralista y “tiranetas”, siempre hablando de Dios, de Jesús y de la Madre Teresa. Y también siempre hablando de la paz, de la bondad y de autores como Borges, a quien citaba con frecuencia.

Un amigo de entonces, Eduardo Flores, me contó que fue una comida con él en aquellos días de estancia en la ciudad: “Es un tipo interesante y divertido pero te avasalla con tantas palabras, no para nunca”, me contaba Eduardo, según recuerdo.

Pero más allá de fanatismos y de gustos particulares, el caso es que lo mataron, en Guatemala, y eso es algo que hay que señalar como deplorable, aterrador y muy grave. Nadie parece saber por qué. ¿Un atentado contra el empresario que iba con él? ¿Un mensaje dirigido a quién sabe quién o quiénes? ¿una equivocación? ¿una provocación?

Qué importa: fue simplemente un acto estúpido como tantos otros a los que tristemente nos hemos estado acostumbrando en los tiempos recientes. Una muerte inútil perpetrada por aquellos a quienes la vida de los otros les vale madre y acaso la suya propia también.

Uno se queda sin palabras ante algo así y lo único que surge es la voz del propio asesinado: “Para velar a un cantor, con una milonga alcanza”.