En días pasados se llevó a cabo en Guadalajara el congreso “Carfee, hacia una ciudad sin autos” que gozó de amplia cobertura mediática, congreso interesante pues contribuyó a “dar más visibilidad”, como se dice ahora, a temas que son fundamentales en ciudades como ésta, caótica de por sí y que cada día se pone peor. Los temas de “movilidad” han estado presentes de manera intensa en esta temporada, sea mirando de nuevo el infame sistema de transporte público de la ciudad, sea poniendo el énfasis en la posibilidad de usar la bicicleta como medio alternativo, sea atendiendo a la escasísima cultura vial de todos nosotros.
Casi simultáneamente se difundió una noticia alarmante: el maestro y director de teatro Gabriel Gutiérrez Mojica sufrió una salvaje -y cobarde- agresión por parte de ciclistas que no respetaron la luz roja de un semáforo y a quienes no les pareció que se les atravesara en su recorrido un peatón de 73 años, por lo que procedieron a darle una golpiza. Se han escrito notas y opiniones al respecto en varios diarios (La Jornada Jalisco, Mural y aquí mismo en El Informador) lo mismo que en las redes sociales, con la consecuente andanada de puntos de vista donde se ha polemizado acerca de varios temas:
La prepotencia que algunos ciclistas manifiestan cuando circulan en grupo.
La indefensión del eslabón más débil de la cadena vial: el peatón
La necesidad de que los reglamentos de vialidad y transporte sean acatados por TODOS: automovilistas, motociclistas, camioneros, ciclistas y peatones.
El momento parece adecuado para discutir todo esto de manera integral asumiendo cada quien la responsabilidad que le corresponde: las autoridades, haciendo cumplir de manera estricta los reglamentos sin hacerse de la vista gorda (¿habrán visto, por ejemplo, los innumerables autos subidos en las banquetas y estacionados en doble y triple fila afuera de las notarías de la ciudad?) y haciendo lo necesario para resolver de una vez por todas el problema del transporte público; los movimientos ciclistas, haciéndose responsables de los actos de sus integrantes; y todos, asumiendo que es imprescindible la convivencia civilizada que ayude a erradicar la indiferencia, la mala educación, la exclusión y demás taras de nuestra endeble cultura vial.
Porque no se trata, creo, de cambiar la tiranía del automóvil por la dictadura de la bicicleta… ¿o sí?

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